Voy
a extender el paréntesis hasta la siguiente entrada del viaje para
traer un artículo muy interesante que encontré recientemente.
A
pesar de que sin necesidad de profundizar mucho resulta evidente que
las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki fueron totalmente
innecesarias, terroríficas e inhumanas, la recopilación de datos
que aparece en este artículo, especialmente hacia el final con
testimonios de algunos de los implicados más directos, aporta un
buen añadido de claridad al asunto.
Es
por ello que me puse en contacto con Mark Weber, del Instituto para
la Revisión Histórica en Estados Unidos, con la intención de
realizar la traducción del mismo para que fuera accesible a más personas. Le impresionó el esfuerzo y accedió muy amablemente, por lo
que desde aquí le envío mi agradecimiento. Ha realizado una
intensa labor de documentación y recopilación y creo que es
importante extenderlo para arrojar luz a un acto tan cruel y a una
mentira que todavía hoy tanta gente sigue creyendo sin molestarse en
indagar en el asunto.
Sin
más, os dejo con el artículo traducido a continuación. Si vuestro
interés se extiende, podéis encontrar algunos documentos
clasificados como alto secreto expuestos en el Museo de la Paz en esta entrada sobre mi primera visita a Hiroshima.
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¿Fue
Hiroshima necesario?
Por
qué los bombardeos atómicos se podrían haber evitado.
Por
Mark Weber (traducción por Jesús Díez).
El
6 de agosto de 1945 el mundo entró dramáticamente en la era
atómica: sin aviso ni precedente, un avión estadounidense dejó
caer una bomba nuclear en la ciudad japonesa de Hiroshima. La
explosión destruyó completamente más de diez kilómetros cuadrados
del centro de la ciudad. Alrededor de 90.000 personas fueron
asesinadas inmediatamente; otras 40.000 fueron heridas, muchas de las
cuales murieron en prolongada agonía, enfermos a causa de la
radiación. Tres días después, un segundo impacto atómico en la
ciudad de Nagasaki mató a 37.000 personas y causó heridas a otras
43.000. En conjunto, las dos bombas finalmente mataron una cantidad
estimada de 200.000 civiles japoneses.
Entre
los dos bombardeos, la Rusia Soviética se unió a los Estados Unidos
en guerra contra Japón. Bajo fuerte presión estadounidense, Stalin
rompió su tratado de no agresión de 1941 con Tokio. El mismo día
que Nagasaki fue destruida, las tropas soviéticas comenzaron a filtrarse
en Manchuria, arrollando a las fuerzas japonesas que había ahí.
Aunque la participación soviética hizo poco o nada para cambiar el
resultado militar de la guerra, Moscú se benefició enormemente de
unirse al conflicto.
En una emisión desde Tokio al día siguiente, el 10 de agosto, el gobierno japonés anunció su disposición para aceptar la declaración británico-estadounidense de “rendición incondicional” de Postdam, “con el entendimiento de que dicha declaración no compromete ninguna demanda que perjudique los derechos de Su Majestad como Gobernante Soberano”.
En una emisión desde Tokio al día siguiente, el 10 de agosto, el gobierno japonés anunció su disposición para aceptar la declaración británico-estadounidense de “rendición incondicional” de Postdam, “con el entendimiento de que dicha declaración no compromete ninguna demanda que perjudique los derechos de Su Majestad como Gobernante Soberano”.
Un
día después llegó la respuesta estadounidense, que incluía estas
palabras: “Desde el momento de la rendición la autoridad del
Emperador y del Gobierno Japonés para gobernar el Estado estará
sujeta al Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas”. Finalmente,
el 14 de agosto, los japoneses formalmente aceptaron las provisiones
de la declaración de Postdam y se anunció un “alto el fuego”.
El 2 de septiembre, enviados japoneses firmaron el instrumento de
rendición a bordo de la nave de batalla estadounidense Missouri en
la Bahía de Tokio.
Un
país derrotado
Aparte
de las cuestiones morales involucradas, ¿fueron los bombardeos
atómicos militarmente necesarios? Bajo cualquier criterio racional,
no lo fueron. Japón ya había sido derrotado militarmente para junio
de 1945. Casi nada quedaba de la una vez poderosa Armada Imperial, y
la fuerza aérea de Japón había sido totalmente destruida. Contra
una oposición únicamente simbólica, los aviones de guerra
estadounidenses campaban a voluntad sobre el país, y los bombarderos
estadounidenses hacían llover devastación en las ciudades,
incesantemente reduciéndolas a cenizas.
Lo que quedó de las fábricas y talleres japoneses forcejeó irregularmente para obtener armas y otros bienes a partir de materias primas inadecuadas (los suministros de aceite no habían estado disponibles desde abril). Hacia julio, alrededor de un cuarto de todas las casas de Japón habían sido destruidas, y su sistema de transporte estaba cerca del colapso. La comida era tan escasa que la mayoría de los japoneses subsistían en una dieta de hambre.
Lo que quedó de las fábricas y talleres japoneses forcejeó irregularmente para obtener armas y otros bienes a partir de materias primas inadecuadas (los suministros de aceite no habían estado disponibles desde abril). Hacia julio, alrededor de un cuarto de todas las casas de Japón habían sido destruidas, y su sistema de transporte estaba cerca del colapso. La comida era tan escasa que la mayoría de los japoneses subsistían en una dieta de hambre.
La
noche del 9 al 10 de marzo de 1945, una oleada de 300 bombarderos
estadounidenses sacudió Tokio, matando a 100.000 personas. Soltando
cerca de 1700 toneladas de bombas, los aviones de guerra asolaron la
mayoría de la capital, quemando completamente más de 40 kilómetros
cuadrados y destruyendo un cuarto de millón de estructuras. Un
millón de residentes quedaron sin hogar.
El
23 de mayo, once semanas después, llegó el mayor ataque aéreo de
la guerra del pacífico, cuando 520 bombarderos gigantes B-29
“Superfortress” descargaron 4500 toneladas de bombas incendiarias
en el corazón de la ya devastada capital japonesa. Generando vientos
huracanados, las explosiones de las bombas incendiarias arrasaron
completamente el centro comercial de Tokio y las vías del
ferrocarril, y consumieron el distrito de entretenimiento de Ginza.
Dos días después, el 25 de mayo, un segundo ataque de 502 aviones
“Superfortress” tronó a baja altura sobre Tokio, dejando caer
4000 toneladas de explosivos. En conjunto, estos dos ataques aéreos
de B-29 destruyeron más de 140 kilómetros cuadrados de la capital
japonesa.
Incluso
antes del ataque a Hiroshima, el General de las fuerzas aéreas
estadounidenses Curtis LeMay alardeó de que los bombarderos
estadounidenses estaban “llevándolos [a los japoneses] de vuelta a
la Edad de Piedra.” Henry H. (“Hap”) Arnold, Comandante General
de las fuerzas armadas del ejército, declaró en sus memorias de
1949: “Siempre nos pareció que, con bomba atómica o sin bomba
atómica, los japoneses ya estaban al borde del colapso.” Esto fue
confirmado por el antiguo primer ministro japonés Fumimaro Konoye,
quien dijo: “Fundamentalmente, lo que provocó la determinación de
hacer la paz fueron los bombardeos
prolongados de los B-29”.
Japón
busca la paz
Meses
antes del fin de la guerra, los líderes japoneses reconocieron que
la derrota era inevitable. En abril de 1945 un nuevo gobierno
encabezado por Kantaro Suzuki tomó la oficina con la misión de
terminar la guerra. Cuando Alemania capituló a primeros de mayo, los
japoneses entendieron que los británicos y los estadounidenses
dirigirían ahora la furia completa de su imponente poder militar
exclusivamente contra ellos.
Los
oficiales estadounidenses, habiendo roto hacía tiempo los códigos
secretos de Japón, sabían por mensajes interceptados que los
líderes del país estaban buscando terminar la guerra en términos
tan favorables como fuera posible. Los detalles de estos esfuerzos
eran conocidos de comunicaciones secretas descodificadas entre el
Ministro de Exteriores en Tokio y los diplomáticos japoneses en el
exterior.
En
su estudio de 1965, Diplomacia Atómica: Hiroshima y Postdam
(pp. 107, 108), el historiador Gar Alperovitz escribe:
Aunque los tanteos japoneses de paz habían sido enviados tan pronto como en septiembre de 1944 (y hubo acercamientos con Chiang Kai-shek [de China] en la relación a las posibilidades de rendirse en diciembre de 1944), el verdadero esfuerzo para terminar la guerra comenzó en la primavera de 1945. Este esfuerzo acentuó el papel de la Unión Soviética […]
A mediados de abril [de 1945] el Joint Intelligence Commitee [de Estados Unidos] informó de que los líderes japoneses estaban buscando una forma de modificar los términos de la rendición para terminar la guerra. El Departamento de Estado estaba convencido de que el Emperador estaba buscando activamente una manera de detener la lucha.
Un memorándum secreto
Fue sólo después de la guerra cuando
el público estadounidense descubrió los esfuerzos de Japón para
poner fin al conflicto. El reportero del Chicago Tribune Walter
Trohan, por ejemplo, fue obligado por la censura del periodo de
guerra a ocultar durante siete meses una de las historias de la
guerra más importantes.
En un artículo que finalmente apareció el
19 de agosto de 1945 en la portada del Chicago Tribune y del
Washington Times-Herald, Trohan reveló que el 20 de enero de 1945,
dos días antes de su partida hacia el encuentro en Yalta con Stalin
y Churchill, el presidente Roosevelt recibió un memorándum de 40
páginas del General Douglas MacArthur resumiendo cinco propuestas
diferentes de rendición por parte de oficiales japoneses de alto
nivel. (El texto de completo del artículo de Trohan se encuentra en el Journal
del invierno de 1985 a 1986, pp. 508-521).
Esta memoria mostraba que los japoneses
estaban ofreciendo términos de rendición virtualmente idénticos a
los que finalmente aceptaron los estadounidenses en la ceremonia de
rendición formal el 2 de septiembre; esto es, rendición completa de
todo excepto de la persona del Emperador. Específicamente, los
términos de estas propuestas de paz incluían:
· Rendición completa de todas las
fuerzas y armas japonesas, en casa, en posesiones isleñas y en
países ocupados.
· Ocupación de Japón y todas sus
posesiones por las tropas aliadas bajo dirección estadounidense.
· Renuncia japonesa a todo el
territorio conquistado durante la guerra, así como a Manchuria,
Corea y Taiwan.
· Regulación de la industria japonesa
para detener la producción de cualquier tipo de armas y otras
herramientas de guerra.
· Liberación de todos los prisioneros
de guerra y reclusos.
· Rendición de los designados como
criminales de guerra.
¿Es auténtico este memorándum? Fue
supuestamente filtrado a Trohan por el Almirante William D. Leahy,
jefe de personal presidencial. (Ver: M. Rothbard en A. Goddard, ed.,
Harry Elmer Barnes: Learned Crusader [1968], pp. 327f.). El
historiador Harry Elmer Barnes ha contado (en “Hiroshima: Ataque a
un Enemigo Vencido”, National Review, 10 de mayo de 1958):
La autenticidad del artículo de Trohan nunca fue puesta en duda por la Casa Blanca ni por el Departamento de Estado, por una muy buena razón. Después de que el General MacArthur volviera de Corea en 1951, su vecino en las Torres Waldorf, el antiguo presidente Herbert Hoover, le dio el artículo de Trohan al General MacArthur y éste confirmó su exactitud en cada detalle y sin reservas.
Propuestas de paz
En abril y mayo de 1945, Japón hizo
tres intentos a través de las neutrales Suecia y Portugal para
llevar la guerra a un final pacífico. El 7 de abril, el Ministro de
Exterior en funciones Mamoru Shigemitsu se reunió con el Embajador
sueco Widon Bagge en Tokio, pidiéndole “averiguar qué términos
de paz Estados Unidos y Gran Bretaña tenían en mente”. Pero él
enfatizó que la rendición incondicional era inaceptable, y que “el
Emperador no debe ser tocado”. Bagge transmitió el mensaje a Estados Unidos, pero el Secretario de Estado Stettinius le dijo al
Embajador estadounidense en Suecia que “mostrase desinterés y no
tomase ninguna iniciativa en pos del tema”. Otras señales de paz
similares japonesas a través de Portugal, el 7 de mayo, y de nuevo a
través de Suecia, el 10, resultaron igualmente infructuosas.
A mediados de junio, seis miembros del
Supremo Consejo de Guerra de Japón le habían asignado secretamente
al Ministro de Exteriores Shigenori Togo la tarea de aproximarse a
los líderes de la Rusia Soviética “con vistas de terminar la
guerra si es posible hacia septiembre”. El 22 de junio, el
Emperador convocó una reunión del Supremo Consejo de Guerra, que
incluía al Primer Ministro, al Ministro de Exteriores y a las
figuras militares al mando. “Hemos oído suficiente de esta
determinación vuestra de luchar hasta los últimos soldados”, dijo
el Emperador Hirohito. “Deseamos que vosotros, los líderes de
Japón, os esforcéis ahora para estudiar las formas y los enfoques
para concluir la guerra. Haciendo esto, intentad no estar atados por
las decisiones que habéis tomado en el pasado”.
Hacia primeros de
julio, Estados Unidos había interceptado mensajes de Togo al
Embajador japonés en Moscú, Naotake Sato, mostrando que el
mismísimo Emperador estaba tomando parte personalmente en el
esfuerzo por la paz, y había ordenado que se le pidiera ayuda a la
Unión Soviética para terminar la guerra. Los oficiales
estadounidenses también sabían que el obstáculo clave para
terminar la guerra era la insistencia estadounidense en la “rendición
incondicional”, una demanda que impedía cualquier
negociación. Los japoneses estuvieron dispuestos a aceptar
prácticamente todo, excepto abandonar a su semi-divino
Emperador. Heredero de una dinastía de 2600 años de antigüedad,
Hirohito era considerado por su gente como un “dios viviente” que
personificaba a la nación. (Hasta la emisión de radio del 15 de
agosto anunciando la rendición, los japoneses nunca había escuchado
su voz). Los japoneses temían particularmente que los
estadounidenses humillasen al Emperador e incluso lo ejecutaran como
un criminal de guerra.
El 12 de julio, Hirohito convocó a Fumimaro
Konoye, que había servido como Primer Ministro en 1940 y 1941.
Explicando que “será necesario terminar la guerra sin demora”,
el Emperador dijo que deseaba que Konoye asegurara la paz con los
estadounidenses y los británicos a través de los soviéticos. Como
el Príncipe Konoye más tarde rememoró, el Emperador le ordenó
“asegurar la paz a cualquier precio, a pesar de su severidad”.
Al día siguiente, el 13 de julio, el
Ministro de Exteriores Shigenori Togo contactó con el Embajador
Naotake Sato en Moscú: “Reúnete con Molotov [Ministro de
Exteriores soviético] antes de su marcha a Postdam [...] Transmítele el
fuerte deseo de Su Majestad para asegurar una terminación de la
guerra [...] La rendición incondicional es el único obstáculo a la
paz.”
El 17 de julio, otro mensaje japonés
interceptado reveló que, aunque los líderes de Japón sentían que
la fórmula de la rendición incondicional implicaba una deshonra
inaceptable, estaban convencidos de que “las exigencias del
momento” hacían la mediación soviética para terminar la guerra
absolutamente esencial. Más mensajes diplomáticos indicaron que la
única condición pedida por los japoneses era la preservación de
“nuestra forma de gobierno”. El único “punto difícil”,
reveló un mensaje del 25 de julio, “es la... formalidad de una
rendición incondicional”.
Resumiendo los mensajes entre Togo y
Sato, la inteligencia naval estadounidense dijo que los líderes de
Japón, “aunque todavía reacios al término rendición
incondicional”, reconocían que la guerra estaba perdida, y habían
alcanzado el punto donde “no tenían ninguna objeción a la
restauración de la paz en base a la Carta del Atlántico [de 1941]”.
Estos mensajes, dijo el Secretario Asistente de la Marina Lewis
Strauss, “en verdad estipulaban únicamente que la integridad de la
Familia Real Japonesa fuera preservada”.
El Secretario de la Marina James
Forrestal calificó los mensajes interceptados como “verdadera
evidencia del deseo japonés de salir de la guerra”. “Con la
interceptación de estos mensajes”, en notas del historiador
Alperovitz (p. 177), “no podría seguir habiendo ninguna duda real
de las intenciones japonesas; las maniobras han sido manifiestas y
explícitas y, por encima de todo, actos oficiales”. Koichi Kido,
Sello Real del Señor de Japón y cercano consejero del Emperador,
más tarde afirmó: “Nuestra decisión de buscar una forma de salir
de la guerra fue tomada a principios de junio, antes de que ninguna
bomba atómica hubiera sido lanzada y de que Rusia hubiera entrado en
la guerra. Ya era nuestra decisión”.
A pesar de esto, el 26 de julio los
líderes de Estados Unidos y Gran Bretaña publicaron la declaración
de Postdam, que incluía este desalentador ultimátum: “Llamamos al
gobierno de Japón a que proclame ahora la rendición incondicional
de todas las fuerzas armadas japonesas y proporcione una seguridad
apropiada y adecuada de buena fe en dicha acción. La alternativa
para Japón es la rápida y absoluta destrucción”.
Comentando esta draconiana proclamación
de blanco o negro, el historiador británico J.F.C. Fuller escribió:
“Ni una palabra se dijo acerca del Emperador, porque habría sido
inaceptable para las masas estadounidenses atiborradas con
propaganda” (Una Historia Militar del Mundo Occidental [1987], p.
675).
Los líderes estadounidenses
entendieron la desesperada posición de Japón: los japoneses estaban
deseando terminar la guerra en cualesquiera términos, siempre y
cuando no se importunara al Emperador. Si el liderazgo estadounidense
no hubiera insistido en la rendición incondicional -esto es, si
hubieran mostrado una voluntad de permitir al Emperador seguir en su
lugar- los japoneses muy probablemente se habrían rendido
inmediatamente, salvando así muchos miles de vidas.
La triste ironía es que, como en
efecto ocurrió, los líderes estadounidenses decidieron de todas
maneras mantener al Emperador como un símbolo de autoridad y
continuidad. Se dieron cuenta, correctamente, de que Hirohito era
útil para figurar como cabeza de su propia autoridad de ocupación
en el Japón de posguerra.
Justificaciones
El presidente Truman defendió
categóricamente su uso de la bomba atómica, reivindicando que
“salvó millones de vida” al llevar la guerra a un rápido final.
Justificando su decisión, fue tan lejos como para declarar: “El
mundo tomará nota de que la primera bomba atómica fue lanzada en
Hiroshima, una base militar. Eso fue porque deseábamos con este
primer ataque evitar, en tanto como fuera posible, la muerte de
civiles”.
Ésta fue una afirmación absurda. De hecho, casi todas
las víctimas fueron civiles, y el United States Strategic Bombing
Survey [un grupo de expertos reunidos para producir una evaluación y
valoración imparcial de los efectos de los bombardeos
anglo-estadounidenses durante la guerra] indicó
en su informe oficial (publicado en 1946): “Hiroshima y Nagasaki fueron elegidas como
objetivos por su concentración de actividades y población”.
Si la
bomba atómica fue lanzada para impresionar a los líderes japoneses
con el inmenso poder destructivo de una nueva arma, esto podría
haberse conseguido detonándola en una base militar aislada. No era
necesario destruir una gran ciudad. Y cualquiera que fuera la
justificación para la explosión de Hiroshima, es todavía más
difícil defender la segunda bomba de Nagasaki.
Aun así, la mayoría de los
estadounidenses aceptaron, y continúan aceptando, las
justificaciones oficiales para los bombardear. Acostumbrados a burdas
representaciones propagandísticas de los “Japs” como
virtualmente bestias infrahumanas, la mayoría de los estadounidenses
de 1945 daban la bienvenida de corazón a cualquier nueva arma que
aniquilase más de estos detestados asiáticos, y que ayudara a
vengar el ataque japonés en Pearl Harbor. Para los estadounidenses
jóvenes que estuvieron luchando contra los japoneses en amargo
combate, la actitud era “Gracias a Dios por la bomba atómica”.
Casi todos estaban agradecidos por una arma cuya utilización parecía
haber puesto fin a la guerra y, por tanto, les permitía volver a casa.
Tras la destrucción de Hamburgo en una
tormenta de fuego en 1943, el holocausto de Dresden de mitad de
febrero de 1945 y los bombardeos con bombas incendiarias de Tokio y otras ciudades
japonesas, los líderes estadounidenses -como el General del Ejército
Estadounidense Leslie Groves comentó después- “estaban
insensibilizados al asesinato masivo de civiles”. Para el
presidente Harry Truman, la matanza de decenas de miles de civiles
japoneses simplemente no fue una consideración en su decisión de
usar la bomba atómica.
Voces críticas
En mitad del general clamor de
entusiasmo, había algunos que tenían serios recelos. “Somos los
herederos del manto de Genghis Khan”, escribió el redactor de
editorial del New York Times Hanson Baldwin, “y de todos aquellos
que en la historia han justificado el uso de la absoluta crueldad en
la guerra”. Norman Thoman llamó a Nagasaki “la mayor atrocidad
individual de una guerra muy cruel”. Joseph P. Kennedy, padre del
presidente, quedó igualmente horrorizado.
Una destacada voz del protestantismo
estadounidense, Christian Century, condenó fuertemente los
bombardeos. Un editorial titulado “La Atrocidad Atómica de
América” en la publicación del 29 de agosto de 1945 le decía a
los lectores:
La bomba atómica fue usada en un momento en el que la marina de Japón estaba hundida, su fuerza aérea virtualmente destruida, su tierra natal rodeada, sus suministros cortados y nuestras fuerzas preparadas para el golpe final […] Nuestro líderes parecen no haber sopesado las consideraciones morales implicadas. Tan pronto como la bomba estaba lista fue enviada sin dilación al frente y lanzada sobre dos ciudades indefensas […] Puede decirse justamente que la bomba atómica ha golpeado a la propia cristiandad […] Las iglesias de Estados Unidos deben desvincularse a sí mismas y a su fe de este acto inhumano e insensato del Gobierno Americano.
Una destacada voz católica
estadounidense, Commonweal, tomó una vista similar. Hiroshima y
Nagasaki, editorializó la revista, “son nombres para la culpa y
vergüenza estadounidense”.
El Papa Pío XII, asimismo, condenó los bombardeos, expresó en un punto de vista en línea con la tradicional posición católica romana que “cada acto de guerra dirigido a la destrucción indiscriminada de ciudades enteras o vastas áreas con sus habitantes es un crimen contra Dios y hombre”. El periódico del Vaticano Osservatore Romano comentó en su publicación del 7 de agosto de 1945: “Esta guerra proporciona una catastrófica conclusión. Increíblemente esta arma de destrucción queda como una tentación para la posteridad que, como sabemos por amarga experiencia, aprende muy poco de la historia”.
Voces con autoridad en desacuerdo
Los líderes estadounidenses que
estaban en posición de conocer los hechos no creían, ni en el
momento ni después, que los bombardeos atómicos fueran necesarios
para terminar la guerra.
Cuando fue informado a mediados de
julio de 1945 por el Secretario de Guerra Henry L. Stimson de la
decisión de usar la bomba atómica, el General Dwight Eisenhower
quedó profundamente preocupado. Reveló sus fuertes reservas acerca
de utilizar la nueva arma en sus memorias de 1963, Los Años de la Casa Blanca: Mandato para el Cambio, 1953 – 1956 (pp. 312-313):
Durante su [de Stimson] recitación de hechos relevantes, he sido consciente de un sentimiento de depresión y por ello le comenté mis serios recelos, primero, en base a mi opinión de que Japón ya estaba derrotado y de que el lanzamiento de la bomba era completamente innecesario y, segundo, porque pensé que nuestro país debería evitar escandalizar a la opinión del mundo por el uso de un arma cuyo empleo ya no era, en mi opinión, obligatorio como medida para salvar vidas estadounidenses. Era mi opinión que Japón estaba, en ese mismo momento, buscando alguna manera de rendirse con una mínima pérdida de respeto.
“Los japoneses estaban preparados
para rendirse y no era necesario golpearlos con esa cosa espantosa
[…] Odié ver a nuestro país ser el primero en usar tal arma”,
dijo Eisenhower en 1963.
Poco después del “V-J Day” (día
de la victoria sobre Japón), el final de la guerra del Pacífico,
el General de Brigada Bonnie Fellers resumió en un memorándum para
el General MacArthur: “Ni el bombardeo atómico ni la entrada de la
Unión Soviética en la guerra forzaron la rendición incondicional
de Japón. Estaba derrotado antes de que ninguno de estos eventos
tuviera lugar”.
Igualmente, el Almirante Leahy, Jefe de
Personal de los presidentes Roosevelt y Truman, más tarde comentó:
Mi opinión es que el uso del arma brutal en Hiroshima y Nagasaki no fue de ayuda material en nuestra guerra contra Japón […] Los japoneses ya estaban derrotados y preparados para rendirse debido al efectivo bloqueo marítimo y el exitoso bombardeo con armas convencionales […] Mi impresión personal fue que siendo los primeros en usarla habíamos adoptado un estándar ético propio de los bárbaros de la Edad Oscura. A mí no me enseñaron a hacer guerra de esa manera, y las guerras no pueden ganarse destruyendo mujeres y niños.
Si los Estados Unidos hubieran tenido
la voluntad de esperar, dijo el Almirante Ernest King, Jefe de
Operaciones Marítimas de los Estados Unidos, “el efectivo bloqueo
naval habría, en el transcurso del tiempo, drenado a los japoneses a
la sumisión a través de la falta de aceite, arroz, medicinas y
otros materiales esenciales”.
Leo Szilard, un científico húngaro de
nacimiento que jugó un papel importante en el desarrollo de la bomba
atómica, discutió en contra de su uso. “Japón estaba
esencialmente derrotado”, dijo, y “sería un error atacar sus
ciudades con bombas atómicas como si las bombas atómicas fueran
simplemente otra arma militar”. En un artículo de una revista de
1960, Szilard escribió: “Si los alemanes hubieran lanzado bombas
atómicas en ciudades en vez de nosotros, habríamos definido el
lanzamiento de bombas atómicas en ciudades como un crimen de guerra
y habríamos sentenciado a los alemanes culpables de este crimen a
muerte en Nuremberg y los habríamos colgado”.
El veredicto del United States
Strategic Bombing Survey
Después de estudiar este asunto en
gran detalle, el United States Strategic Bombing Survey rechazó la
idea de que Japón se rindiera a causa de los bombardeos atómicos.
En su informe autorizado de 1946, la Inspección concluyó:
Las bombas de Hiroshima y Nagasaki no
derrotaron a Japón, ni por el testimonio de los líderes enemigos
que terminaron la guerra persuadieron a Japón para aceptar la
rendición incondicional. El Emperador, el Sello Real del Señor, el
Primer Ministro, El Ministro de Exteriores y el Ministro de la Marina
habían decidido tan pronto como en mayo de 1945 que la guerra
debería ser terminada incluso si eso significaba la aceptación de
la derrota en términos aliados […]
La misión del gobierno de Suzuki,
designado el 7 de abril de 1945, era hacer la paz. La apariencia de
negociación de términos menos onerosos que la rendición
incondicional se mantenía para contener los elementos militares y
burocráticos todavía determinados a una defensa Bushido final, y
quizás más importante para obtener la libertad de crear la paz con
un mínimo de peligro personal y obstrucción interna. Parece claro,
sin embargo, que en última instancia los encargados de hacer la
paz aceptarían la paz, y la paz en cualesquiera
términos. Éste fue el punto esencial del consejo dado a Hirohito por
el Jushin en febrero, la conclusión declarada de Kido en abril, la
razón subyacente de la caída de Koiso en abril, el mandato
específico del Emperador a Suzuki de convertirse en primer ministro,
que era conocida por todos los miembros de su gabinete […]
Las
negociaciones para que Rusia intercediera comenzaron a principios mayo de 1945
en ambas Tokio y Moscú. Konoye, el emisario previsto por los
soviéticos, declaró a la Inspección que mientras aparentemente el
estaba allí para negociar, recibió instrucciones directas y
secretas del Emperador para asegurar la paz a cualquier precio, sin
importar su severidad […]
Parece claro […] que la supremacía
aérea y su posterior explotación sobre Japón fue el principal
factor que determinó el momento de la rendición de Japón y eliminó
cualquier necesidad de invasión.
Basándose en una investigación
detallada de todos los hechos y apoyándose en el testimonio de los
líderes japoneses supervivientes involucrados, es la opinión de la
Inspección que ciertamente antes del 31 de diciembre de 1945 y con
toda probabilidad antes del 1 de noviembre de 1945 [la fecha de la
planeada invasión estadounidense], Japón se habría rendido incluso
si las bombas atómicas no hubieran sido lanzadas, incluso si Rusia
no hubiera entrado en la guerra, e incluso si ninguna invasión
hubiera sido planeada o contemplada.
Puntos de vista históricos
En un estudio de 1986, el historiador y
periodista Edwin P. Hoyt dio en el clavo del “gran mito, perpetuado por gente
bienintencionada a lo largo del mundo”, de que “la bomba atómica
causó la rendición de Japón”. En La Guerra de Japón: El Gran Conflicto del Pacífico (p. 420), explicó:
El hecho es que en lo que a los militares japoneses concierne, la bomba atómica fue sólo otra arma. Las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki fueron la guinda del pastel, y no hicieron tanto daño como los bombardeos con bombas incendiarias de las ciudades japonesas. La campaña de bombardeos con bombas incendiarias de los B-29 había traído la destrucción de 3.100.000 hogares, dejando a 15 millones de personas sin hogar, y matando alrededor de un millón de ellas. Fue el inexorable bombardeo incendiario, y el hecho de que Hirohito se diera cuenta de que si fuera necesario los Aliados destruirían Japón por completo y matarían a cada japonés para conseguir “rendición incondicional” lo que le persuadió para tomar la decisión de terminar la guerra. La bomba atómica es en verdad un arma aterradora, pero no fue la causa de la rendición de Japón, a pesar de que el mito persiste incluso hasta el día de hoy.
En un nuevo e incisivo libro, La
Decisión de Lanzar la Bomba Atómica (Praeger, 1996), el historiador
Dennis D. Wainstock concluye que los bombardeos fueron no sólo
innecesarios, sino que estuvieron basados en una política vengativa
que de hecho dañó los intereses estadounidenses. Escribe (pp. 124,
132):
[…] Hacia abril de 1945, los líderes de Japón se dieron cuenta de que la guerra estaba perdida. Su principal obstáculo para rendirse fue la insistencia de los Estados Unidos en la rendición incondicional. Necesitaban saber específicamente si los Estados Unidos permitirían a Hirohito permanecer en el trono. Temían que los Estados Unidos lo destituyeran, lo procesaran como a un criminal de guerra o incluso lo ejecutaran […]
La rendición incondicional fue una política de venganza, y dañó el propio interés nacional de Estados Unidos. Prolongó la guerra en ambos Europa y el este de Asia y ayudó a expandir el poder soviético en esas áreas.
El General Douglas MacArthur,
Comandante de las Fuerzas del Ejército de los Estados Unidos en el
Pacífico, manifestó en numerosas ocasiones antes de su muerte que
la bomba atómica fue completamente innecesaria desde un punto de
vista militar: “Mi personal era unánime en creer que Japón estaba
en el punto de colapso y rendición”.
El General Curtis LeMay, que había
sido pionero en bombardeo selectivo en Alemania y Japón (y quien más
tarde encabezó el Comando Estratégico Aéreo y sirvió como Jefe de
Personal de la Fuerza Aérea), lo puso de la forma más sucinta: “La
bomba atómica no tuvo nada que ver con el final de la guerra”.
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De The Journal of Historical Review, mayo-junio de 1997 (Vol. 16, No. 3), páginas 4-11.
De The Journal of Historical Review, mayo-junio de 1997 (Vol. 16, No. 3), páginas 4-11.
Enlace al artículo original en inglés Was Hiroshima Necessary?
Artículo original por Mark Weber ©.
Traducción por Jesús Díez ©.


Comments (7)
Barbarie gratuita e inhumana. Ansia de poder y crueldad. No hay palabras.
Un gran trabajo de traducción. Gracias por ayudar a difundirlo.
Gracias a ti por tus palabras.
Leete esto:
http://en.wikipedia.org/wiki/Debate_over_the_atomic_bombings_of_Hiroshima_and_Nagasaki
No sé por qué se ha borrado el comentario de Imperator diciendo que esto no es nada nuevo.
Efectivamente, no es nuevo, pero sí desconocido por una gran cantidad de personas, lamentablemente.
Muy buen trabajo.
Y sí, es obvio que no es algo nuevo, pero por conocido que sea un tema importante siempre viene bien recordarlo:
-Para las nuevas generaciones,
-Para quien lo había olvidado,
-Para quien no lo sabia,
-Para redebatir con quien opine diferente,
-O simplemente, pero no menos importarte, para reorganizar la información de varios sitios en un solo buen articulo que facilite la introducción al tema; y si después incluso se profundizar en él, ya sea aportando nuevos datos o reflexiones subjetivas o objetivas sobre los hechos, pues bienvenido sea.
Y ahora resulta que nadie estaba de acuerdo en que se usaran las bombas atómicas, y bien, quien de todos fue el culpable de que se terminaran usando?.
Según se Hiroshima y Nagasaki fueron de las ciudades que se dejaron casi intactas a propósito por los estadounidenses, siento que todo el asunto fué solo un pretexto para que los niños gringos usaran y probaran su nuevo juguete, fue un experimento aterrador, quizá por eso son el país mas odiado del mundo, porque de verdad saben lo que no es tener humanidad.
Me ha parecido muy interesante. Gracias.